Honduras se ha vuelto en los últimos años en un país convulso, donde los problemas sociales sacuden los cimientos de una República que aún tiene mucho camino por recorrer. Porfirio Lobo es el presidente actual y tiene la difícil tarea de ensamblar una nación desnutrida por el hambre de los más desfavorecidos, castigada por el narcotráfico y las bandas y subyugada por los llamados poderes de facto, que no dudan a la hora de ejercer su influencia si se ven amenazados. Así, este empresario agrícola debe trabajar en muchas vertientes para aplacar una gran multitud frentes y debe vigilar para no crearse muchos enemigos, ya que podría pasarle como al destituido Manuel Zelaya y su sempiterno gorro de cowboy. Honduras podría definirse como un polvorín, como un país que posee una constitución que otorga fundamentos teóricos a sus sistemas político y social. Lo malo es que, como en la mayoría de casos, una cosa es la teoría y otra la práctica. El desarrollo de una casi nunca va aparejado al de la otra.